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Hacia
mediados del siglo XIV, una epidemia de peste que se había originado
en Oriente para luego propagarse en Europa, provocará la muerte
de alrededor de cincuenta millones de personas.
Es
históricamente el mayor número de víctimas provocado
por acontecimientos de esta índole.
El
azote de las pestes continuará durante algunos siglos en Europa,
transformándose en un mal endémico.
El
considerable crecimiento demográfico que se había producido
entre mediados del siglo XII y el siglo XIII, no había sido acompañado
por un adecuado desarrollo del sistema de producción agrícola.
Es
así que, junto a unos pocos y afortunados mercaderes enriquecidos
con el comercio, se hallaba una gran masa de individuos pobres y mal nutridos,
que vivían en habitaciones insalubres.
Tales
condiciones iban en desmedro de las defensas inmunitarias de éstos
últimos, que quedaban así expuestos a contraer con facilidad
todo tipo de enfermedad.
También
las negativas condiciones climáticas, que hubo durante gran parte
del siglo XIV, contribuyeron a empeorar la situación generando
malas cosechas que agravaron este círculo macabro de carestías,
epidemias y muertes.
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